Ella siempre se había sentido como una foto en negativo, el reflejo de algo. Tenía la sensación de no estar viviendo su propia vida hasta que se dio cuenta de que fuera de la manera que fuera, vida sólo hay una y fue entonces cuando le entró el pánico, el miedo a la muerte y a no vivir.

Lucía  nació a los pies de un pilar de iglesia. Prematura, nadie la esperaba tan pronto pero celebraron su nacimiento por todo lo alto. Vivía en una casa enorme, rodeada de palmeras, llena de gente con miles de historias calladas, nunca contadas. De pequeña le gustaba esconderse en recovecos y fingir fugas que duraban muy poco porque se aburría de esperar que alguien la empezase a buscar. Organizaba excursiones furtivas hacia la maleza, zona que los adultos le tenían prohibida. Le gustaba jugar sola y cuando lo hacia con los demás niños animaba a todos a imaginar que huían de algo que les perseguía peligrosamente, una bruja, extraños híbridos entre hombres-máquina… No era una niña peligrosa solo que no sabía qué estaba buscando y su gran imaginación hacia que no se conformase con las pocas posibilidades que ofrecía una infancia en el pueblo. Por la tardecita, en su casa, siempre llena de gente,  se sentaba en el suelo del cuarto de las costureras y cosía retales mientras escuchaba cotilleos de la chicas del servicio, de Rosa que era la sastra de su madre, y de sus tías, sobre lo que está bien o mal, sobre quién era una desvergonzada y quién se la pasaba en la taberna. El ruido de las máquinas de coser la iba adormeciendo hasta la hora de la cena. Se quedaba dormida en la mesa y su padre la subía en brazos por las largas escaleras de madera hasta su cuarto, la metía en la cama y le daba un beso en el moflete diciéndole “mañana será otro día maravillosa Lucía”.

Helio (HE)