Fue una mañana cualquiera.
Despertó como siempre, con mal aliento. Con desgana tomó una taza de café, sólo, sin azúcar. Fumó, fumó hasta olvidar qué hora era.
Salió a la calle. Treinta calurosos grados a la sombra.
Compró el periódico. Siguió caminando por el barrio hasta cruzar el puente que lo unía con La Laguna. Se encontró con “el flaco” y el cabeza”, no andaban haciendo nada bueno. Se entretuvo con ellos un rato y fumó más.
Los dejó atrás, siguió su camino pasando por delante de “La frutería de Carmita” que siempre le devolvía aquel aroma a infancia. Llegó al número cinco de la única calle en cuesta. Abrió con la llave y entró. Un pasillo y a su izquierda una habitación con el ronroneo del televisor encendido. Mirando a través de la ventana Doña Ana, su abuela, sentada en su sillón individual con tapetes de croché. Se puso frente a ella, se sonrieron, desplegó el periódico y comenzó a leer.
Radón (Rn)
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